La Ciencia y la Filosofía

Se considera que la ciencia es un modo de conocimiento que pretende encontrar las leyes objetivas por las que se rigen los diferentes fenómenos. Las ciencias naturales observan, experimentan y predicen con pretendido rigor determinista, mientras que las ciencias sociales lo hacen a través de leyes estadísticas, introduciendo el concepto de probabilidad, aunque la ciencia del micro-mundo también apela a la probabilidad como auxiliar del conocimiento. El grado de comprobación y de predicción depende también del método que se emplea en cada disciplina científica.


El instrumento fundamental del conocimiento científico es la Razón; sin embargo, la percepción que la Razón tiene del mundo objetivo es siempre fragmentaria y estática y, por lo tanto, considerablemente deformada y errónea. Es que la Razón, por su propia estructura, procede a través de observaciones de puntos focales de fragmentos aislados del mundo objetivo, del mundo objetivo que en la realidad está en perenne movimiento continuo. Al proceder de este modo, los conocimientos logrados semejan pequeños "flashes" de una realidad hecha artificialmente estática.

En verdad, los conocimientos que del mundo objetivo nos proporciona la Razón, semejan las lucesitas intermitentes que adornan los árbolitos de navidad: cada una brilla por sí, sin que exista una luz general y homogénea. En este sentido, el conocimiento racional del mundo objetivo es la contraparte del fenómeno que nos permite ver el movimiento en una exhibición cinematográfica. En efecto, como se sabe, la magia del cine se basa en una debilidad del ojo humano. Debido a esa deficiencia, un conjunto de figuritas estáticas parecen cobrar vida y movimiento al ser ex-puestas en una sucesión isocrónica. El fenómeno inverso sucede en el proceso cognoscitivo guiado por la Razón exclusivamente. Su incapacidad de abarcar la totalidad del fenómeno, la obliga a segmentar la realidad, a realizar una especie de autopsia de un cuerpo artificialmente muerto. De esta manera hace que la información aprehendida por ella, aparezca como una suma de fragmentos disecados que refleja un mundo hecho artificialmente estático. Así, la Razón con-vierte un mundo que está en eterno movimiento, en un conjunto de observaciones fragmentadas y estáticas con un valor cognoscitivo muy pequeño. En cambio la Intuición, es decir, la capacidad del conocimiento inmediato, directo, sin mediaciones de ninguna clase, aprehende la totalidad del fenómeno de un solo manotón. Lo aprehende en toda su continuidad, sin fragmentaciones, en su eterno movimiento y en el total de sus relaciones con los otros fenómenos.

Una prueba de que la Intuición es un método que complementa el conocimiento racional se nos presenta cada mañana, al despertarnos. Al abrir los ojos, el conocimiento de que existimos nos viene de un solo golpe. No necesitamos pruebas racionales, ni mucho menos la existencia previa de seres imaginarios, al estilo cartesiano, para saber que estamos vivos. Nuestra Intuición lo capta a cada minuto, a cada segundo, a cada fracción de segundo. Claro está que nuestra capaci-dad intuitiva, al no haber evolucionado como lo ha hecho la capacidad racional, no está aún suficientemente capacitada para darnos un conocimiento mucho más integral del mundo. Necesita del proceso evolutivo del cerebro, fenómeno biológico, para lograr esa capacidad de conformar con la Razón el dueto que constituye el instrumento cognoscitivo por excelencia. En otras pala-bras, la especie todavía no está lista, como tal, para un conocimiento así estructurado. Pero, en grados todavía pequeños, lo están algunos seres humanos, a quienes la naturaleza les ha dotado en mayor proporción que a los demás, de esa capacidad intuitiva. Entre ellos, están los filósofos, los artistas y, sobre todo, los poetas, quienes tienen la facultad de "ver el mundo" con la Intui-ción de una manera que no es muy comprensible para la filosofía y que es totalmente incomprensible para la ciencia.


Filosofía

Desde mi punto de vista, la Filosofía quiso hacer con la Razón lo que hubiera podido hacer exitosamente con la Intuición: la hizo instrumento para conocer el cosmos. Esta afirmación incluye el convencimiento de que tanto la Razón como la Intuición son los instrumentos cognoscitivos por excelencia del ser humano, pero que la Razón evolucionó a un paso mucho más rápido que la Intuición. Este desarrollo asimétrico de la Razón con relación a la Intuición, se debió, como se dijo, a la necesidad de sobrevivir del Ser cuando devino enemigo de sí mismo por la aparición de la propiedad.

En el principio, el instinto animal se convirtió en Intuición en las primeras etapas de la evo-lución del antropoide en Ser; luego, por la aparición del sentido de propiedad, esa Intuición se divide, a su vez, en dos partes: la Intuición propiamente dicha y la Astucia. La Astucia es el Instinto convertido en instrumento de sobrevivencia, cuando el Ser se desarraiga del Todo y se vuelve contra sí mismo, a causa de la lucha por la propiedad. Del desarrollo posterior de la Astucia, nace la Razón, la misma que en un ambiente de lucha continua, evoluciona a un ritmo mu-cho más rápido que la Intuición. De este modo, el cerebro del Ser, desarraigado del Todo, evoluciona biológicamente privilegiando la Razón sobre la Intuición, bajo modalidades que le impri-men tanto el medio ambiente en el que le toca vivir como las condiciones históricas de desarrollo. Esta concepción implica que no sólo el medio ambiente, sino también las condiciones socia-les delinean las condiciones biológicas del Ser desarraigado del Todo.


Autor: Mario Blacutt Mendoza