Historia del Pensamiento Económico

Marx: La Visión del Marxismo

Como es conocido, en su obra El Capital, Marx se propuso hallar la ley económica que rige el movimiento de la sociedad capitalista y para ello, estudió la economía capitalista haciendo abstracción del comercio exterior. Esta metodología de análisis le permitió concentrar su atención en los aspectos socioeconómicos de la producción capitalista, como unidad de la producción, distribución, cambio y consumo. Ello le permitió concentrar la atención en las consecuencias del desarrollo capitalista sobre las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, esto es, para la mayoría de la población.



La expansión de la producción capitalista hizo que se perdiesen los límites de los mercados locales y se hizo prioritaria la búsqueda de nuevos horizontes y consumidores para la enorme masa de mercancías que la producción era capaz de crear. Marx consideró que el comercio fue la premisa para la transformación de la industria gremial y rural-domestica y de la agricultura feudal en la explotación capitalista. Al respecto, señaló

“Es el comercio el que hace que el producto se convierta en mercancía, en parte creándole un mercado y en parte introduciendo nuevos equivalentes de mercancías y haciendo afluir a la producción nuevas materias primas y materias auxiliares y abriendo con ello ramas de producción basadas de antemano en el comercio, tanto en la producción para el mercado interior y el mercado mundial como en las condiciones de producción derivadas de este.”



Marx, Carlos, “El Capital”, Tomo III, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1980. p. 357



A su vez, Marx fundamentó que a medida que la producción industrial es más masiva e inunda el mercado existente, empuja hacia la destrucción de sus barreras, entonces lo que pone límite a esta producción no es el comercio, sino la magnitud del capital en funciones y la fuerza productiva desarrollada. El comercio termina convirtiéndose en servidor de la producción industrial.

Las colonias y el mercado mundial permitieron a las metrópolis europeas atraer hacia el sector industrial una mayor concentración de obreros asalariados, obligados a asegurar sus condiciones de vida, pero esto generó las causas para el propio exceso relativo de trabajadores y, con ello, creó las condiciones para la carencia de medios de vida en otros trabajadores, o sea el propio sistema con el trabajo no da riqueza a todo hombre, como planteaba Smith, sino un mínimo para mantenerlos trabajando y así asegurar a los que verdaderamente se apropian de ella (los dueños de los medios de producción). Como dice Marx en el Manifiesto Comunista

“El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia indispensables al obrero para conservar su vida como tal obrero. Por consiguiente, lo que el obrero asalariado se apropia por su actividad es estrictamente lo que necesita para la mera reproducción de su vida.”



Marx,C. y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Obras Escogidas en Dos Tomos, Tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1971. p.33.

Marx concluye que el propio desarrollo del capitalismo potencia las contradicciones de este régimen de producción, de aquí que el verdadero límite de la producción capitalista es el mismo capital. El desarrollo de las fuerzas productivas choca constantemente con el fin, que es valorizar el capital existente, por lo tanto, si el régimen capitalista de producción tiene la misión de desarrollar la capacidad productiva material y de crear el mercado mundial correspondiente, contradice las condiciones sociales de producción del régimen.

Marx expresa:

“Pero el mismo comercio exterior fomenta en el interior el desarrollo de la producción capitalista y, con ello, el descenso del capital variable con

respecto al constante, a la par que, por otra parte, estimula la superproducción en relación con el extranjero, con lo cual produce, a la larga, el efecto contrario.”

Marx, Carlos. Ob. Cit. pp. 260-261.

De este modo, Marx pone de relieve como el incentivo de exportar desarrolla la producción para el comercio interno y a su vez, como el excedente resultante se transforma en motivo para el comercio exterior.

En resumen, Marx puso de relieve cómo el régimen capitalista de producción revolucionó las fuerzas productivas de su época y, a la vez, puso límites al consumo de las masas y con ello al desarrollo de su mercado interior, a la par que como exigencia de este modo de producción, respondió fomentando cada vez más la fuerza productiva del trabajo social y, consecuentemente, lanzándose por todo el mundo en busca de nuevos consumidores. El mercado para Marx, en resumen, constituye una relación de desigualdad.

A estas concepciones de Marx y Engels está muy unido el pensamiento de V.I. Lenin, a quien correspondiera interpretar la realidad de Rusia como escenario de la lucha de los oprimidos. El tema del mercado fue objeto de su atención en su libro “Desarrollo del Capitalismo en Rusia”, donde por primera vez se emplea la categoría mercado interior o interno y se examina el papel que desempeña en el desarrollo del sistema capitalista.

Para Lenin, el mercado capitalista es creado por el propio capitalismo en desarrollo, mediante la división social del trabajo y la desintegración de los productores directos, convirtiéndolos en capitalistas y obreros. Lenin dedujo la existencia de una correspondencia entre el grado de desarrollo del mercado interior y el del capitalismo. En su opinión, el mercado interior no debe interpretarse como una cuestión independiente y diferente al nivel de desarrollo del capitalismo.

Lenin, Vladimir, “El Desarrollo del Capitalismo en Rusia”, Editorial Ariel, Barcelona, 1974. p. 500.

Tales deducciones condujeron a Lenin a centrar su análisis del desplazamiento de los obreros dentro del territorio nacional y la emigración desde las regiones más atrasadas hacia las más adelantadas, es decir, desde las zonas agrícolas hacia las industrializadas ( la industrialización de la población, según él),buscando mejores condiciones de vida y de trabajo. A ello habría que agregar el desarrollo mercantil e industrial capitalista de la agricultura, a lo que denominó industrialización de la agricultura, para definir la formación del mercado interior para la sociedad capitalista.

“El mercado interior para el capitalismo se crea precisamente con el desarrollo paralelo del capitalismo en la agricultura y en la industria.”

Ibídem. p. 545.

Según Lenin, en la zona agrícola ocurre una desintegración del campesinado para formar clases de la sociedad capitalista, entre las que sobresale la burguesía rural y el proletariado agrícola, aunque advierte que entre ellas existe un grupo intermedio que se descompone en el proceso de evolución capitalista adhiriéndose a los extremos de la población rural.

Entre sus estudios, Lenin también abordó la teoría de la realización y la repercusión de esta en el mercado interior, donde enfocó la importancia del consumo productivo, en el papel cada vez mayor, que desempeñaba este en la ampliación del mercado para el capitalismo, contradiciendo así a los economistas burgueses (populistas en su país) que solo se limitaban al consumo personal obviando en la teoría la existencia del capital constante y reduciendo el problema de la realización a lo tocante a la reproducción de plusvalía. Al respecto, Lenin afirmó:

“El incremento de la producción capitalista y, por consiguiente, del mercado interior, se verifica no tanto a expensas de los artículos de consumo cuanto a

los medios de producción. Dicho de otro modo, el incremento de los medios de producción va por delante del de los artículos de consumo.”

Lenin, Vladimir: “El Desarrollo del Capitalismo en Rusia”, citado por Karataev, Ryndina, Stepanov y otros, “Historia de las Doctrinas Económicas”, Volumen Segundo, Editorial Grijalbo, S.A, Méjico D.F, 1964. p. 869.

Lenin criticó así con claridad, el error de los populistas y de toda la economía burguesa en general hasta el momento, para lo cual se apoyó en las tesis de Marx sobre la composición del producto de la producción capitalista. Al propio tiempo, percibió que la expansión de la producción mercantil destruye la dispersión de los pequeños negocios, propios de la economía natural, absorbiendo los mercados locales y creando un enorme mercado nacional.

”El mercado interior para el capitalismo se crea precisamente con el desarrollo paralelo del capitalismo en la agricultura y en la industria”

Las investigaciones realizadas por Lenin, le permitieron advertir la contradicción entre el mercado interno y externo, expresada en el hecho de que el capitalismo no puede subsistir y menos desarrollarse sin una constante búsqueda de mercados. Al igual que para Marx, Lenin advirtió que el mercado exterior constituye una necesidad para el capitalismo, ya que éste no es capaz de reproducir los procesos de producción, sin una variabilidad de las condiciones de producción, lo que se traducía en provocar un aumento ilimitado de la producción.

En resumen para Lenin el capitalismo consta en su desarrollo, influye sobre el desarrollo del capitalismo en la agricultura y la industria, creando su propio mercado interior, pero junto a ello, provoca la extensión de un mercado exterior que le permita colocar el excedente de productos que se generan por la producción nacional.

“el proceso de formación del mercado para el capitalismo ofrece dos aspectos a saber: el desarrollo del capitalismo en profundidad, es decir, un mayor crecimiento de la agricultura capitalista y de la industria capitalista en un territorio dado, determinado y cerrado; y su desarrollo en extensión, es decir, la propagación de la esfera de dominio del capitalismo a nuevos territorios.”

Autor: Eloy Samuel Ramírez Acosta

Las ideas de Adam Smith acerca de la división del trabajo y la ampliación del mercado

Otro exponente clásico a analizar es Adam Smith, quien fuera un fiel oponente del mercantilismo y al monopolio del comercio. En su opinión, el control monopolista del intercambio de metales preciosos era negativo, tanto para las metrópolis como para las colonias, ya que generaba bajos precios de exportación y altos de importación, además de que desembocaba en precios, rentas de monopolios y en tasas de beneficios artificialmente altos, drenando capital de sectores más necesitados.



Smith concedió especial importancia a la esfera de la producción e indirectamente, al desarrollo del mercado interno en el crecimiento económico, debido a la ligazón que estableció entre la división del trabajo, la ampliación del mercado y la creación de la riqueza social. Para Smith, la acumulación del capital y la reinversión del excedente económico, constituían el motor del crecimiento económico y, por lo tanto, la base de la riqueza de las naciones.

Didácticamente, a través del ejemplo de la chaqueta de lana, el padre de la economía clásica puso de relieve la magnitud de la división del trabajo, tanto los diferentes tipos de trabajo que intervenían de manera directa en su preparación, como los que lo hacían de manera indirecta, es decir, comerciantes, cargadores, marineros, constructores navales, mineros y obreros que fabrican herramientas entre otros. Para Smith, la sociedad era una manufactura gigante en la que unas empresas se adaptaban a las necesidades de las otras, confundiendo ambos procesos.

Para Smith el crecimiento demográfico, la expansión geográfica internacional y la demanda de la agricultura conducían a la ampliación del mercado, pero el factor principal era la acumulación de capital, de la que dependía la amplitud del mercado. La cantidad de capital existente, a la que denominaba stock, junto a las disposiciones institucionales que regulaban la competencia interior e internacional, determinaba el tamaño del mercado. Al igual que otros autores de su época, creía en la agricultura como fuente de la riqueza, por lo tanto, la interdependencia campo-ciudades era el elemento esencial de la primera fase del crecimiento económico, ya que al transferirse el excedente agrícola a las ciudades, se crearía el mercado y se intercambiaría por productos de importación.



Una de sus más famosas representaciones teóricas, se refirió al funcionamiento del mercado, cuando lo identificó como una “mano invisible”, capaz de conducir a un óptimo de satisfacción en la sociedad, como resultado del libre accionar de los individuos. En pocas palabras, Smith creía que sin la intervención de ningún agente externo, el mercado seria capaz por si solo de regularse y generar bienestar para todos. Esta visión de una competencia perfecta se corresponde con el grado de desarrollo del mercado y la competencia en los inicios del sistema capitalista de producción.

Al igual que otros economistas clásicos, Smith concebía a las colonias como mercados para la exportación de manufacturas de la metrópoli, además de que ofrecían oportunidades para inversiones lucrativas. Como Marx documentase más tarde, las colonias jugaron un papel fundamental en el proceso de acumulación originaria del capital. Cabe destacar lo paradójico que resulta que Smith defendiese el libre comercio y a la vez, respaldase de hecho, que Gran Bretaña prohibiese a la India, las exportaciones de productos terminados hacia la metrópoli y las limitase a la materia prima, utilizando el argumento de que las compañías de la India poseían mayores ventajas para exportar hacia la metrópoli que para exportar hacia otros territorios. Detrás de tal argumento se escondía la necesidad de la manufactura británica de asegurarse un proveedor constante de materias primas y eliminar un futuro competidor. Smith consideraba que el colonialismo estaba justificado, más allá de la civilización de la raza blanca, por razones económicas.

Autor: Eloy Samuel Ramírez Acosta



Mercantilismo

El mercantilismo es una corriente del pensamiento económico surgida en el período de descomposición del feudalismo y de emergencia del capitalismo, en cuyo La cima de su desarrollo puede ubicarse en la primera mitad del siglo XVII, aunque su aparición se remonta a los siglos XV y XVI, en Europa Occidental.



En tal contexto histórico, el mercantilismo expresó los intereses del capital mercantil. El desarrollo del comercio y del crédito fue paulatinamente permitiendo que las ciudades medioevales se fueran especializando y enlazando e incluso se establecieran fuertes alianzas entre ellas, de modo que favorecieron la expansión de las relaciones internacionales del comercio y el crédito y, con ello, la aparición de una potente clase de capitalistas mercantiles y prestamistas. Una vez que el capital industrial y, consecuentemente, la industria, prevalecieron sobre el comercio, el capital comercial fue subordinado por el primero, dando lugar a la rápida desaparición del mercantilismo.

El mercantilismo posee un doble carácter; es una Economía Política que expresa los intereses del capital comercial –según palabras de Marx, el primer estudio teórico del régimen de producción capitalista- y, al propio tiempo, constituye la política económica que mantuvieron los Estados durante el período final del feudalismo y del surgimiento del sistema capitalista.

A diferencia de los señores feudales, quienes identificaban la riqueza con la tenencia de bienes para su uso y disfrute, los mercantilistas identificaban la riqueza con la tenencia de dinero, que vendría a ser algo así como un tesoro eterno, resultado del margen comercial de la venta de manufacturas nacionales en el exterior. Vender más y comprar menos; obtener un balance activo en el comercio exterior, eran las máximas del mercantilismo.



La producción de mercancías en la ciudad en forma de artesanía y la atracción al cambio de las mercancías campesinas en las aldeas eran la base de la actividad comercial, la que contribuyó al desarrollo de las relaciones capitalistas. El mercado era un medio poderoso que aceleraba la desintegración del feudalismo y el crecimiento de la economía mercantil, dejando atrás la economía natural, pues todo el mercado necesitaba dinero.

El mercantilismo atravesó dos etapas, la etapa inicial que se caracteriza por el sistema monetario – el mercantilismo propiamente dicho- y que fue el más difundido en los siglos XV-XVI en Inglaterra, especialmente cuando el país padecía de hambre monetaria. Por esta razón, los mercantilistas identificaban el concepto de la riqueza con la tenencia de dinero; pensaban por ello que se debía atraer al país la mayor cantidad posible de monedas de oro y plata y, en consecuencia, debían cerrarse todos los canales para su fuga. Había que gastar menos y ahorrar más dinero. El comercio exterior vendría a ser una de las principales formas de afluencia del dinero al país.

La etapa posterior del mercantilismo, representada por el sistema manufacturero o comercial, se desarrolló a fines del siglo XVI y mediados del siglos XVII, dando lugar a la teoría del balance comercial. En ésta se mantendría la idea de que la base de la riqueza dependía del comercio exterior, pero ahora no harían énfasis en acumular dinero, sino en aumentar su movimiento, o lo que es lo mismo, ponerlo en circulación para generar más dinero. La base del balance comercial era exportar más mercancías que importar, para mantener éste positivo.



“El comercio interior afirmaban es, naturalmente, útil, pero no hace que aumente en el país la cantidad de dinero: el país no percibe beneficios, el capital comercial no aumenta ya que, como resultado del comercio interior lo que gana uno lo pierde otro. Únicamente el comercio exterior es el que enriquece al estado”.

Karataev, Ryndina, Stepanov y otros, “Historia de las Doctrinas Económicas”, Volumen Segundo, Editorial Grijalbo, S.A, Méjico D.F, 1964. p. 143.

La prioridad otorgada al comercio exterior, determinó que el mercantilismo se identificase con la intervención del Estado en la economía, con el propósito de asegurar el saldo positivo de la balanza monetaria y comercial. De este modo, el poder estatal (real) servía a los intereses de la burguesía en gestación, razón por la que el mercantilismo constituye una política económica del período de transición del feudalismo al capitalismo. Esa política se expresó primero, en asegurar la expansión comercial del país (incluso a través de la dominación colonial), así como la adopción de diversas medidas, tales como la organización de almacenes destinados al comercio exterior, la creación de vigilantes de aduanas y las casas de cambio. Más tarde, la regulación estatal se tradujo en prácticas proteccionistas en beneficio a la industria exportadora, suprimiendo el pago de derechos de aduana a la entrada de materias primas y elevando impuestos a la importación de

manufacturas, entre otras medidas.

El resumen presentado hasta aquí de las ideas del mercantilismo y de la política económica que sustentaba, permite deducir que la defensa del comercio exterior y la conquista del mercado externo, expresaba la creciente expansión de las capacidades productivas de la burguesía en gestación hacia lo interno de los países europeos y su reclamo de que nada se interpusiese a su afán de enriquecerse. La defensa del mercado externo, de hecho respondía al naciente desarrollo del mercado interno, a través del estimulo a la producción nacional con destino a la exportación.

Autor: Eloy Samuel Ramírez Acosta

Teoría Keynesiana

La teoría keynesiana es una teoría económica desarrollada por John Maynard Keynes, que se basa en la idea fundamental de que la intervención del gobierno puede estabilizar la economía, aumentando los niveles de empleo y producción, principalmente mediante el aumento del gasto público en períodos de desempleo.


La teoría keynesiana fue desarollada por John Maynard Keynes durante los años 1930 como un intento para comprender la crisis de 1929.

Surgimiento de la Teoría Keynesiana

Hacia principios de los años 30 del siglo pasado el mundo entraba en una crisis muy profunda, los niveles de desempleo y marginación se extendieron por la debacle conocida como la “Gran Depresión” que, iniciada en Estados Unidos, se dilató a todo el mundo capitalista. Por aquel entonces reinaba en el mundo académico económico las teorías de los denominados clásicos, expresión que Karl Marx usó para envolver las ideas de economistas como Adam Smith y David Ricardo; a los que Keynes sumará los nombres de John S. Mill, Francis Edgeworth, Alfred Marshall y Arthur Pigou.

Los pensadores clásicos cuponían pleno empleo para todos los factores de la producción, si bien hay momentos de la vida económica en que esto no sucede así, afirmaban que hay una clara tendencia a su cumplimiento. Si la economía demora en llegar a su equilibrio, esto sucede por la existencia de intervenciones por parte del gobierno o de poderes monopólicos que impiden el correcto funcionamiento de la competencia. Sólo admitían la existencia de paro voluntario, es decir, los individuos que deciden por propia voluntad no ofrecer sus servicios en el mercado laboral al salario vigente; y paro friccional, que incluye los individuos que cambian de trabajo y al hacerlo transcurre un tiempo desde el cese de la última ocupación hasta el comienzo de la nueva.



Entonces la teoría clásica intentaba explicar cómo asignar los recursos productivos, el desempleo no era un problema a resolver y como los mercados son autorregulables, los niveles de desempleo pronto serían reducidos por las mismas fuerzas que operan en el mercado, evitando así un gran desempleo. Estos economistas pronto caen en descrédito puesto que se hace casi imposible sostener dichas teorías ante la abrumadora realidad de la crisis de 1929.

Es en este contexto donde aparece en la escena de la teoría keynesiana. Keynes fue un economista inglés que impuso una nueva forma de pensar la economía capitalista instaurando un marco teórico que traería aparejadas renovadas políticas. Realmente nació un paradigma diferente que dominó la escena político-económica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta principios de los 70, período que algunos llaman “la edad de oro del capitalismo”, pues la economía global experimentó un crecimiento sin precedentes en la historia.

La obra cumbre de Keynes editada en 1936 titulada "Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero"; constituye la esencia de su contribución a la teoría económica en general y es donde a partir de la cual, junto con otros estudios previos, se conforma lo que hoy conocemos como la macroeconomía. Resaltaba el término “general” por entender que las ideas clásicas sólo eran aplicables a un caso particular y ésta dejaba de lado todo un cúmulo de situaciones que necesitaban ser explicadas. Con ella ataca principalmente el supuesto de pleno empleo, intentando demostrar que el capitalismo se desarrolla en condiciones fluctuantes de la actividad económica y que dicho pleno empleo es sólo un caso específico. Además la teoría es general porque apunta a explicar el funcionamiento del sistema económico en su totalidad y no analizar sólo el ámbito de un mercado como lo hacía hasta entonces la teoría clásica.



Hipótesis subyacentes de la Teoría Keynesiana

Inflexibilidad de salarios: El mercado por sí solo no es autorregulable al menos con la rapidez necesaria, el hecho de que por un tiempo considerable no siempre los mercados están correctamente equilibrados se da por la existencia de rigideces en los precios, especialmente si hablamos de salarios nominales en el mercado laboral. La teoría clásica falla al esperar que el mismo exceso de oferta en el mercado laboral, léase desempleo, sea el propulsor de una baja en el salario que logre eliminar tal desequilibrio; pues, siguiendo a Keynes, los clásicos no están considerando la existencia y actuación de las asociaciones obreras y la legislación de protección social que son parte integrante de la escena económico-política1.

Teoría de la demanda efectiva: Para la teoría keynesiana, el empleo total depende de la demanda total y el paro es el resultado de una falta de demanda total. La demanda efectiva se manifiesta en el gasto de la renta, si aumenta la renta de una comunidad también aumentará su consumo, pero éste menos que aquella. Por lo tanto, para que haya una demanda suficiente para mantener el nivel de empleo, se debe verificar un nivel de inversión equivalente a la diferencia entre la renta y el consumo. Por ello podemos decir que la inflexibilidad de salarios no es el único factor que desencadena el desempleo, aún cuando exista competencia perfecta en los mercados y todos los precios milagrosamente se ajustaran instantáneamente, las decisiones de los inversores influirán sobre la demanda efectiva y por último en el nivel de empleo.

Por otro lado, no sólo el desempleo, también la inflación depende del volumen de demanda efectiva; cuando la demanda es deficiente se produce el desempleo y cuando la demanda es excesiva se produce la inflación. Keynes acepta la conclusión tradicional de que los aumentos de la cantidad de dinero llevarán a aumentos en el nivel de precios, pero difiere en el proceso causal. El impacto inicial del aumento en la cantidad de dinero disminuye los tipos de interés, lo que aumenta la demanda efectiva por inversión, asociada a un aumento de la renta, del empleo y de la producción. Es a causa del incremento en el costo de la mano de obra que los precios también comienzan a subir.

El interés como premio por no atesorar dinero: En la teoría keynesiana, el dinero desempeña las funciones de ser unidad de cambio, medida de cuenta y reserva de valor. Considerando esta última función, los que poseen más renta de la que consumen tienen como alternativas atesorar dinero, prestarlo a una determinada tasa de interés o invertir en una actividad que brinde cierto beneficio. Si las personas deciden acumular riqueza en forma estéril, debe haber un por qué al tomar esta decisión. Para Keynes cada individuo posee una preferencia por la liquidez que combinada con la cantidad de dinero determina la tasa real de interés en un momento dado. Es decir, la gente atesora dinero porque existe incertidumbre acerca de la evolución de las variables económicas y con ello “los poseedores de dinero tienen un tipo de seguridad del que no gozan los poseedores de otras especies de riqueza.2

Consideraciones del ciclo económico: La demanda agregada privada se compone de consumo privado e inversión privada, esta última es la fuente principal de impulsos que desencadenan fluctuaciones económicas; las decisiones de inversión dependen a su vez de las expectativas sobre la rentabilidad futura, las cuales tienden a ser inestables. Los cambios en el optimismo o pesimismo de los inversores Keynes los denominó “animals spirits” y los señaló como los causantes de desplazamientos en la demanda agregada y, a través de ella, en el producto agregado y en los niveles de desempleo.

Como los mercados no son autorregulables, se hace necesaria la aplicación por parte de las autoridades económicas de políticas fiscales y/o monetarias para contrarrestar el ciclo, esto es medidas expansivas en el presupuesto público y en la oferta monetaria durante los períodos de estancamiento del producto. Pues si existe desempleo, esto es por una demanda efectiva deficiente, ésta a su vez se da por un nivel bajo de inversión; ante ello caben dos acciones por parte del gobierno: una es la política fiscal a través de la expansión en inversión pública que suplante a la privada y otra es la política monetaria a través de la variación en la cantidad de dinero que modifique la tasa de interés3 y haga atractivas nuevas inversiones por parte de los privados.

Resumen de la “teoría general”

Ayudados por el siguiente esquema tomado de Dillard (1962) podremos formarnos una idea más acabada de la teoría general del empleo:

Ya dijimos que en la teoría keynesiana, la demanda agregada se compone de consumo e inversión. A su vez, el consumo es función de las características psicológicas de una sociedad que Keynes llamó propensión al consumo y del ingreso global o volumen de la renta. El gasto en inversión juega un papel fundamental, pues la propensión al consumo es bastante estable. Esta inversión depende de la tasa de interés y la eficacia marginal del capital. A su vez, la tasa de interés es el premio por no atesorar dinero y depende de la preferencia por liquidez del público y del volumen de dinero, este último es controlable por la autoridad monetaria. Por otro lado, cabe destacar que la eficacia marginal del capital, a la cual Keynes le atribuye importancia capital en la generación de los ciclos, depende de la previsión de beneficios que es una variable inestable, encontrándose influida por la confianza comercial, por el “animal spirit”.

Crisis de la Teoría Keynesiana y contribución neo-keynesiana

Hacia principios de la década del 70 el mundo experimentó una nueva crisis conocida como estanflación, es decir estancamiento del producto conjuntamente con inflación de precios, que puso en tela de juicio e hizo caer en descreimiento al paradigma de la teoría keynesiana. Las ideas de política del gran economista del 30 resultaban en un embrollo frente al gran problema económico mundial, llegando muchos a culpar de tal crisis a las políticas inspiradas en las propuestas formuladas por Keynes.

Se entendía, siguiendo el modelo keynesiano, que un exceso de demanda efectiva podía provocar inflación y una demanda efectiva deficiente el desempleo, pero no era considerada la posibilidad de ocurrencia de ambos problemas a la vez.

Esto dio lugar, por un lado, al surgimiento a nuevas teorías que atacaban los postulados keynesianos y, por otro, a principios de los años 80 una nueva generación de economistas hiciera una revisión de las ideas keynesianas originarias, sobre todo en el Instituto Tecnológico de Masachusset (MIT) y en la universidad de Harvard, los que pasaron a denominarse neo-keynesianos.

Entre sus ideas podemos destacar: Las explicaciones de fondo de las causas por las cuales ocurre la rigidez de precios introduciendo la competencia imperfecta en los mercados, por una parte. Y por otra la enumeración de más factores que originan el ciclo económico como la existencia de fallos de mercado, fricciones nominales en la demanda o rigideces reales en los precios, además de reconocer que las oscilaciones en la oferta monetaria provocan fluctuaciones y generan ciclos, de forma que el dinero no es neutral.

Referencias

Dillard, D. (1962) “La Teoría Económica de John Maynard Keynes.” Traducción Editorial Aguilar. Madrid.

Keynes, J. M. (1930) “Tratado del dinero.” Ediciones Aosta. Madrid. 1996

Keynes, J. M. (1936) “Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero.” Traducción Fondo de Cultura Económica. México. 1943

1 Keynes (1936)

2 Keynes (1936)

3 Siguiendo a Keynes (1936) esto se logra porque al aumentar la cantidad de dinero, éste se hace más abundante, lo cual hará disminuir la preferencia por atesorarlo, por lo tanto debe disminuir el riesgo de perderlo, es decir, debe caer la tasa de interés que es el premio por no atesorar dinero.

Autor: Pablo DÍAZ ALMADA - Economista

Percepciones Epistemológicas y la Teoría del Valor

El presente artículo se basa en dos postulados fundamentales. Primero, el hombre no puede aprehender integralmente los fenómenos de la realidad, debido a que por razones históricas y biológicas, cuyo análisis trasciende los límites del presente artículo, la Razón ha evolucionado mucho más que la Intuición, de tal manera que la dupla Razón-Intuición, que para mí es el ver-dadero instrumento cognoscitivo del Ser, se encuentra aún muy influida por la Razón y su escasa capacidad para conocer, per se, el mundo objetivo y real. Este postulado se inspira en la versión kantiana sobre la influencia de las categorías de la intuición sensible y de las categorías del en-tendimiento en el objeto que se pretende conocer, influencia que transforma el objeto conocido, por lo que no es posible conocer su "esencia". A la propuesta kantiana añado que la Razón per se, además, influye sobre el objeto que se quiere conocer debido a la ideología propia del sujeto que conoce, no sólo en la epistemología sino en toda la teoría del conocimiento. El segundo pos-tulado establece la incongruencia de considerar a la sociedad como un simple conjunto de indi-viduos, cada uno tratando de ser más que el otro y, en el proceso, deviniendo antagónicos entre sí.


En su estructura, el artículo se desarrolla sobre la aparente contradicción entre objetivismo y subjetivismo epistemológicos y sus respectivas repercusiones en la evolución de las teorías del valor, además de la marxista, la que sostiene que no pertenece a ninguna de las categorías men-cionadas y por eso exige un acápite independiente. Es posible que esta actitud sea tomada como un eclecticismo utilitarista; sin embargo, me gustaría poner de relieve que mi percepción está muy lejos de ser una simple mezcla de proposiciones, debido a la síntesis que pretendo realizar en el marco de lo que yo denomino la Dialéctica de Complementos como una alternativa a la Dialéctica de Contrarios Antagónicos.

El trabajo se divide en cuatro cuerpos. En el primero, hay una síntesis de las principales percepciones epistemológicas sobre la naturaleza de la Economía; en el segundo, se sintetizan algunas teorías sobre el valor; en el tercero, se incluye una propuesta epistemológica y en el cuarto se consigna una propuesta sobre la teoría del valor.

Algo que resalta la novedad del contenido es la introducción del arte en general y del poema en particular como instrumentos cognoscitivos, debido a que la visión poética acepta en grados mucho mayores la influencia de la Intuición, lo que en mi preceptiva literaria, hace que se con-vierta (el poema) en el medio natural de la expresión filosófica. Una prueba de ello es que doy comienzo a este trabajo citando, precisamente, tres expresiones poéticas, dos de Machado y una de Borges, sobre el subjetivismo y el objetivismo de la aprehensión cognoscitiva. Estas dos per-cepciones se complementan con mi propia interpretación. Considero que estos pequeños ejem-plos poéticos dicen mucho más sobre los temas a tratar, utilizando una profundidad sintética que no se encuentra en ninguna obra o tratado "racional".


Autor: Mario Blacutt Mendoza

Socialismo y Cristianismo

¿Será el socialismo, tal como fue propuesto en el siglo XIX, incompatible con el cristianismo, como tantas veces se ha afirmado? O, ¿será el socialismo, equivalente al cristianismo, aggiornado al racionalismo ilustrado que imperaba en ese siglo? Para responder estas preguntas debemos, ante todo, tener en cuenta el contexto histórico en que se desarrollan estas doctrinas, tratando de interpretar acertadamente los signos de los tiempos. En esta vena, los “pobres” de los que nos habla el Evangelio, serían equivalentes a los “proletarios” del s. XIX, y a los marginales o excluidos del Tercer Mundo en la actualidad. Los infructuosos intentos de implementar sistemas socialistas en el s. XX, se corresponden con los también desafortunados intentos de implementar un cristianismo digno de tal nombre a partir del s. IV. La sospecha de que ambas ideologías proponen sistemas imposibles de llevar a la práctica, utópicos, más bien reforzaría la hipótesis de su similitud. Pero no todo está perdido, pues la experiencia que dejan los repetidos intentos, llámense cristianos o socialistas, se traduce en una pedagogía histórica, o divina, si se quiere, que resulta de vital importancia para abordar los serios conflictos con los que ha comenzado el s. XXI.


Pasemos ahora a analizar los argumentos que se han esgrimido para sostener la incompatibilidad entre ambas propuestas. El más conocido es el de que el reino de Dios proclamado en el cristianismo “no es de este mundo”. La dificultad con ese argumento es su incapacidad de encontrar una explicación razonable a la crucifixión de Jesús. La explicación tradicional, conocida como la de la Teología de la Cruz, necesita suponer un Dios que exige como rescate por los pecados de la humanidad el sacrificio de su hijo, es decir un Dios sanguinario y hasta filicida. Esa explicación ha perdido verosimilitud a esta altura de los tiempos, frente a la suposición, mucho más razonable, de que las clases dominantes en la Palestina de hace 20 siglos, confabuladas con la autoridad imperial, veían en la predicación de Jesús una amenaza a sus intereses. El introducir un mundo celestial, o ideal del cristianismo, frente al terrenal, o material del socialismo, subestima categorías muy importantes que se encuentran en el Evangelio, como las de pobres y ricos, y las de la sed, el hambre y las necesidades, muy materiales por cierto, de buena parte de la humanidad. También subestima categorías importantes del socialismo como son las de una conciencia de clase que acabaría convirtiéndose en una solidaridad humana universal al lograr la eliminación de las clases sociales.

Otro argumento que se ha esgrimido, para enfatizar las supuestas diferencias, es el del talante pacífico del cristianismo, en contraposición al violento del socialismo, por aquello de que “la violencia es la partera de la historia”. Pues bien, ni el cristianismo ha sido tan pacífico ni el socialismo tan violento. En el mismo Evangelio encontramos en Mt. 10,34 “No he venido a traer paz, sino espada”, aunque la tentación de utilizar la violencia fue superada por Jesús, en el momento decisivo, con el “a mí me buscáis, dejad marchar a éstos” (Jn. 18,8). Naturalmente que Jesús estaba consciente del conflicto social implícito en su discurso, pero optó por una estrategia que era no violenta, aunque tampoco pasiva, porque bien que denunció las injusticias de su tiempo. Por otra parte en el discurso de un Marx, ya maduro, en el Congreso de la Haya de 1872, acertadamente pronóstico: “... hay que tener en cuenta las instituciones, las costumbres y las tradiciones de los diferentes países, y nosotros no negamos que existan países como América, (se refería a los EEUU) Inglaterra y ... (quizás) ... Holanda en los que los trabajadores pueden llegar a su objetivo por medios pacíficos”. También ha habido mucha insinceridad dentro del cristianismo, viendo con frecuencia “brizna en ojo ajeno teniendo viga en el propio”. La reciente, y desafortunada, declaración del Papa en Ratisbona, haciendo mención a la violencia en el Islam, olvida la multitud de veces que los cristianos han apelado a la violencia, justificándola con burdas manipulaciones del Evangelio. En ese sentido el Islam sería más coherente y sincero. En todo caso, y vista la inminente proliferación de armas nucleares, así como lo contraproducente que están resultado las intervenciones militares, parece que el recurrir a la violencia es un recurso que no nos podemos dar el lujo de permitir. Los éxitos obtenidos por Martín Luther King en los EEUU y de Gandhi en la India, por métodos pacíficos, pero en ningún caso pusilánimes, parecen indicar el camino a seguir, lo que supondría tomarse el cristianismo en serio.

Quisiera comentar ahora algunas afirmaciones del rector Ugalde, en su artículo, ¿Paraíso comunista? (El Nacional 14-9-06). Por una parte dice que no cree “en una etapa histórica en que los hombres nacerán sin egoísmo”. Como consecuencia de lo anterior, y en el mismo artículo, nos dice “que el cristianismo ... no propone ningún paraíso en la tierra”. Si por “egoísmo” entendemos instinto de conservación, desde luego que tiene razón, pues los instintos, como el inconsciente, son parte constituyente de la psiquis, software, ser humano. Pero, esa misma psiquis, tiene otro campo, que en el lenguaje bíblico sería la “conciencia del bien y del mal”, y que para los psicólogos modernos vendría a ser el “alterego”. Como resultado de lo anterior, el ser humano se enfrenta con frecuencia a dilemas entre lo que le gustaría, y lo que debería, hacer; dilemas que están magistralmente tratados por Pablo en Romanos 8. Ya en el Antiguo Testamento, cuando leemos que un profeta nos dice que Dios le ha hablado, podemos interpretarlo como que ha sido la voz de su propia conciencia. Las conciencias individuales, en determinadas situaciones históricas, entran en sintonía, para dar origen a lo que podríamos llamar una conciencia colectiva. Es esa conciencia colectiva la que nos puede ir aproximando, quizás en forma asintótica, y superando, que no eliminando, egoísmos individuales, a lo que Jesús entendía como “reino de Dios”, Marx como “sociedad sin explotación del hombre por el hombre”, y Ugalde un supuesto, y negado, “paraíso en la tierra”.

Hay que reconocer que cuando se habla del socialismo, ¿ o será cristianismo?, del siglo XXI, se está admitiendo en forma implícita que no es el mismo que el del XIX. En la misma vena, diferente también a lo que se podría aspirar en el primer siglo, o en el IV. Y es que el análisis económico que pudo ser apropiado, hace años o siglos, ha perdido vigencia en la actualidad. Curiosamente, los sistemas económicos, y en consecuencia políticos, que compitieron por la hegemonía en el siglo XX, capitalismo y socialismo, se sustentaban en lo que en economía se conoce como teoría del “valor trabajo”, es decir, que el valor de los productos y servicios viene determinado por la cantidad de trabajo incorporado en los mismos. Así mismo el capital viene siendo, trabajo efectuado anteriormente, esto es, pretérito, incorporado en los medios de producción. Lo anterior no nos debe sorprender, dado que Marx aceptaba las conclusiones de los filósofos y economistas ingleses, como Hobbes, Hume, Adam Smith y David Ricardo. La única diferencia es que Marx, como buen representante de su pueblo, convierte en teología lo que los griegos, anglosajones, y otros pueblos consideran filosofía, o economía política.


La consecuencia inmediata de la aceptación de la teoría del valor-trabajo es que subestima la contribución del recurso natural, que en el s. XIX se consideraba prácticamente inagotable, por la existencia de las que se denominaban “tierras vírgenes”. Es a mediados del siglo XX que se hizo evidente que los recursos naturales tienen un límite, como había sostenido Malthus en su oportunidad. Entonces todos los pronósticos de Marx acerca de que en un futuro la organización “racional y científica” de la producción, permitiría una abundancia de bienes tal, que todas las necesidades humanas podrían ser satisfechas, se vienen abajo. Esto justificaría el escepticismo de Ugalde sobre el “paraíso comunista” en el artículo antes citado. Es esa limitación la que nos obliga a actualizar, tanto el proyecto socialista como el cristiano. En el caso del socialismo del s. XIX, la supuesta explotación del trabajador por la apropiación de una supuesta plusvalía por parte del capitalista es insostenible, pues mal se podría hablar de explotación del trabajador con los porcentajes tan altos de desempleados y excluidos del mercado de trabajo que no reciben salario. Pero otra forma de inequidad se origina al no reconocer a la población marginal la parte alícuota del recurso natural que le corresponde, ya que ese recurso natural se incorpora en el producto nacional. Lo anterior es evidente en el caso de Venezuela, en donde gran parte del ingreso nacional se debe al proveniente de las exportaciones de un recurso natural no renovable como es el petróleo. En consecuencia, el criterio de reparto implícito en las teorías sustentadas por el valor-trabajo, esto es, repartir en proporción al trabajo aportado, presente o pretérito, que es aceptado tanto por el liberalismo, como por el socialismo, de los siglos XIX y XX, se vuelve insostenible. Esa es pues la tarea que tienen por delante en este siglo XXI los hombres y mujeres de buena voluntad, a saber, la de desarrollar un criterio de reparto equitativo tanto del producto social, como de la actividad humana necesaria para obtenerlo. Lo anterior está de acuerdo, tanto con el desideratum socialista de “aportar de acuerdo a las aptitudes, recibir de acuerdo con las necesidades”, como el cristiano de considerar al prójimo, y al lejano, como a uno mismo, convirtiendo el instintivo egoísmo individual en instinto de conservación colectivo.

Jaime Barcón

Caracas, enero del 2007.

Schumpeter



Por Dario Blatman

El primer punto de discusión que plantea Schumpeter, recae en la pregunta acerca de si el capitalismo favorece o no, el rendimiento máximo de la producción. También, el autor menciona que en la actualidad, vivimos en una edad monopolista.

Schumpeter define al capitalismo como un método de transformación económica, y destaca su carácter evolutivo y no estacionario.


El término “destrucción creadora”, lo utiliza para aludir al carácter evolutivo del capitalismo mencionado anteriormente. Es decir, la evolución se manifiesta entre otras cosas, con la apertura de nuevos mercados y el desarrollo de la organización de la producción. Esto genera una “revolución” de la estructura económica destruyendo lo antiguo y creando elementos nuevos. Es un proceso de destrucción por la introducción de innovaciones ya que las empresas que no se adaptan a las nuevas condiciones no van a sobrevivir; y es un proceso creador porque va a difundir sus beneficios a toda la economía. Schumpeter agrega que el proceso de destrucción creadora, es un hecho esencial para el capitalismo. En eso consiste el capitalismo y en eso debe también vivir cada creación capitalista.

Schumpeter destaca la actividad innovadora, aquella que tiende a constituir posiciones de cuasi-monopolio en favor de los empresarios innovadores, y éste también es un importante estímulo a la innovación. Con el transcurrir del desarrollo capitalista, se hacía más evidente que las posiciones de monopolio permanecían, se reforzaban y asumían un papel cada vez más relevante en las economías capitalistas

El autor menciona que la existencia de posiciones monopolistas no excluye de hecho la competencia. La lucha competitiva que resulta relevante es la que se explica mediante la introducción de innovaciones. Es una competencia creada por las nuevas mercancías, por las nuevas técnicas, por las nuevas fuentes de aprovechamiento, por el nuevo sistema organizativo, entre otras cosas. Este tipo de competencia es mucho más eficiente que el otro (que se explica mediante reducciones de precios), debido a que opera no únicamente cuanto tiene lugar de modo efectivo, sino también cuando es una permanente amenaza. En muchos casos a la larga resultará un comportamiento similar al cuadro de la competencia perfecta. A su vez, este tipo de competencia tiende a eliminar los eventuales poderes de monopolio gozados por empresas menos eficientes.


La existencia de posiciones de monopolio cumple algunas funciones positivas. Por una parte, los beneficios obtenidos por las empresas, mediante prácticas monopolísticas, pueden ser condiciones necesarias para incentivar la innovación y la posibilidad de introducir la innovación. Los monopolios no representan un obstáculo al progreso técnico, sino más bien un estímulo. Por otra parte, la rigidez en los precios, obtenida con prácticas monopolistas, puede tener efectos positivos en los períodos de depresión. Una mayor flexibilidad en los precios puede agravar las situaciones depresivas, aumentando la incertidumbre, sin favorecer una reorganización de la actividad productiva sobre bases más apropiadas a las exigencias a largo plazo, por ello no favorece una recuperación del proceso de desarrollo económico.

Schumpeter reconoce que la competencia perfecta es imposible en las condiciones industriales modernas, pero rechaza la afirmación de que por este motivo, la empresa en gran escala tiene que ser aceptada como un mal económico e inseparable del progreso económico. Aunque también reconoce, que la gran empresa ha llegado a ser el motor más potente de este progreso y de la expansión a largo plazo de la producción total. Además, la competencia perfecta no puede ser presentada como modelo de eficiencia ideal. Por ello es que el autor dice, “ Es, por tanto, un error basar la teoría de la regulación estatal de las industrias sobre el principio de que se debería forzar a las grandes empresas a funcionar como funcionaría la industria respectiva en una situación de competencia perfecta”.

Keynes



por Darío Blatman

La obra “ Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero “, publicada por John Maynard Keynes en el año 1936, es la culminación a la crítica de uno de los aspectos de la Teoría del Equilibrio, planteada por los clásicos. Éste reconocido economista, pretendía demostrar la posibilidad de un equilibrio con desocupación.

Dentro de la economía marginalista (neoclásica), opera la Ley de Say, la cuál se traduce en que toda oferta crea su propia demanda. Se debe tener en cuenta que las empresas son demandantes de trabajo y las personas oferentes del mismo. En consecuencia, según Say, siempre que la gente oferte más trabajo del que las empresas demanden se producirá un exceso de oferta, por lo que se reducirá el precio ( salario) para así arribar nuevamente a la situación de equilibrio. Si no se llega a aquella situación, se debe a que los trabajadores no están dispuestos a bajar sus pretensiones.


Keynes, contradice la ley de Say, sosteniendo que al generarse un exceso de oferta no disminuye el precio, sino que el mercado se mantiene un largo tiempo en situación de desequilibrio ( o equilibrio sin pleno empleo) o desempleo ( Según Say nunca habría desempleo porque siempre que se oferte trabajo, éste se demandará). Keynes, argumenta que la solución a este estado de desequilibrio debe provenir desde el Estado, el cuál deberá poner en práctica la política económica traducida tanto en políticas fiscales, aumentando el gasto público, interfiriendo en la cuestión impositiva y demás, como en políticas monetarias.

El Estado debe ser el impulsor del crecimiento debido a que el mercado por sí solo no se autorregula. El estado debe impedir la caída de la demanda agregada aumentando sus propios gastos, para que de esa forma los individuos posean más dinero y consuman más, lo cual desembocaría en un eterno ciclo virtuoso. Es decir que el estado se convertiría en " el generador de la estabilidad económica y garante de un crecimiento sostenido".

Pero lo mas importante que planteaba Keynes era la presencia de un estado fuerte que estaba capacitado para comprar mano de obra e inyectar grandes montos de dinero para financiar la obra publica en el caso en que el estado que estuviera muy golpeado financieramente. Un Estado que tome participación activa en la economía cuando los ciclos económicos sean negativos, reactivando la actividad, y luego, en ciclos positivos, le ceda parte de dicha participación a las empresas privadas. Conceptualmente, el Estado debe actuar de manera intermedia entre un Estado ausente y un Estado empresario.


En resumen, Keynes plantea la necesidad de un Estado intervensionista, el cual ataque los problemas del lado de la demanda y el consumo interno. Al realizar inversiones, la gente posee más dinero para gastar y compra más productos, necesariamente habrá mas empresarios dispuestos a producir bienes, para hacerlo necesitaran contratar mas empleados, lo cual haría que en poco tiempo se reduzca la desocupación. Al haber mas empleados que perciban sueldos habrá mas gente que consuma y así sucesivamente (Efecto multiplicador).

La Argentina,, durante la década del 90`, tuvo como principal impulsor del crecimiento a la inversión privada. Una gran cantidad de prestigiosas empresas estatales fueron privatizadas y el Estado se manifestó muy ausente.

Luego de la década del 90 la situación nacional fue crítica. El Estado, gradualmente, comenzó a manifestarse más activo implementando políticas orientadas a la reactivación económica del país, comenzando con la devaluación (Si bien esta medida resultaba ineludible debido a la insostenible situación cambiaria que padecía el país).

Durante el actual mandato del presidente Nestor Kirchner, se puede divisar claramente el papel activo que cumple el Estado, principalmente en materia de política fiscal. El gobierno ha impulsado numerosos planes de obras públicas (viviendas mayoritariamente), ha formulado decretos conducentes a subas salariales, ha realizado numerosas renegociaciones a fin de reprogramar la deuda externa con los tres organismos de préstamo (FMI, Bco Mundial, BID) y ha intervenido en materia impositiva.

Podemos decir entonces, que las medidas que de manera directa evidencian la presencia de un Estado fuerte que estimula la economía por el lado de la demanda agregada, son la inversión publica, las políticas de salarios, las de impuestos y las de deuda externa por el lado de la renegociación y obtención de nuevos créditos.

En conclusión, podemos decir que es evidente que al igual que Keynes, estas políticas están orientadas a reactivar la economía mediante el estimulo de los componentes de la demanda agregada, en particular del consumo, la inversión y las exportaciones. Por lo tanto, existe un alto grado de vinculación entre las medidas de política llevadas a cabo hasta el momento por el gobierno de Kirchner y lo que plantea la Teoría Keynesiana, sobre todo en lo referido al equilibrio con desocupación

El desarrollo de los pueblos en el pensamiento cristiano

Por Pablo Díaz Almada - Universidad Nacional de Córdoba - Argentina


La Iglesia Católica en Latinoamérica denuncia el creciente deterioro que sufren los países, pueblos y culturas de la región por efecto de las ideologías y sistemas inhumanos que rigen sobre ella. En este sentido, y en concordancia con el Magisterio Universal, se destaca el enérgico rechazo a los sistemas económicos capitalista y comunista, que se pregonan como únicas opciones, y las injusticias sociales provocadas por la implementación de uno u otro en la práctica, atacando la idea predominante de imitar a los países avanzados económicamente para lograr el desarrollo propio, y denunciando las desigualdades económicas tanto entre los países del mundo, como entre sectores de una misma nación. Aunque no es finalidad del magisterio eclesial desarrollar un sistema económico, es acertado destacar que en diversos documentos se proponen directrices para la elaboración de alternativas, pensando en una concepción particular de desarrollo de los pueblos.

Año 2006

Pablo Ariel DÍAZ ALMADA



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